Se acerca fin de año y empiezan los preparativos: el menú de la cena, el lugar donde reunirse... Y aparece la pregunta inevitable: "¿Cuantos somos el 31?". Y en la repuesta aparecen, implícitamente, las "sillas vacías", las personas que no están... La personas que esta lejos, la que la vida llevó por otro camino, la que eligió no estar, la que se enemistó, la que se llevó la muerte... Y aparece la tristeza, y
las "sillas vacías" duelen. Y necesito ese abrazo contenedor y prolongado
que no va a llegar. Y extraño tu sonrisa, los ojos se llenan de lágrimas y duele,
pero es la realidad. Y a la realidad hay que aceptarla. Entonces suspiro hondo,
giro la cabeza y veo las "sillas ocupadas". Son las personas que me
aman, y sonrío. Así es parte de la vida: pérdidas y ganancias...
Así voy a empece el año, con lágrimas contenidas
por las "sillas vacías", y sonriendo desde el alma por las
"sillas ocupadas". Feliz. Si, feliz a pesar de la tristeza. Porque
ser feliz no es necesariamente estar alegre. La alegría es una emoción pasajera
que termina cuando el buen momento finaliza. La felicidad es otra cosa. Es un
estado del alma. Ser feliz es estar en paz. En paz sabiendo que estoy
recorriendo el camino correcto, el que coincide con el sentido de mi vida, el de
mis errores y triunfos, con mis miedos y mi coraje... MI camino, el que yo
elegí. Un camino en el que hice todo lo que pude, y más, por lo que no están, a
los que me brindé incondicionalmente, a los que amé.